Una joya oculta de Herrera

De las diez provincias panameñas, Herrera es la más asociada al calor seco y desértico. Ubicada en el centro del arco seco, es de todas la que menos precipitación anual recibe. Su geografía, la intensa explotación agrícola y ganadera, sumado a una cultura de tala y quema, crean las condiciones perfectas para que se desertifiquen regiones enteras de su característico bosque tropical de sabana. 
Por lo que me replanteaba si había sido una buena idea haber ido a una gira micológica en un sitio tan árido. Me había enterado de la excursión en Instagram. La Fundación Micológica de Panamá ofrecía esta experiencia como un medio para cumplir algunos de sus objetivos de divulgación y conservación de hongos. De modo que me inscribí por mi interés en acampar y la curiosidad de aprender sobre la biodiversidad fúngica del país. 
Ahora, bajo el inclemente sol y a casi 40°C, el calor del suelo me quemaba los pies, en tanto esperaba que el transporte pasara por nosotros. Mientras tanto, el resto de los participantes se reunían. Sentí curiosidad por saber qué tenían en común estas personas, además de su interés por los hongos, de modo que junté todo el valor que poseo y decidí hablarles. Primero, le conversé a una pareja más o menos de mi edad. La dama era una estudiante de biología; el varón, de mecatrónica. El contraste llamó mi atención, pero hablando con ellos descubrí que simplemente ambos poseían un gran interés por las actividades al aire libre.

Hablé más tarde con otra estudiante de biología y con varios biólogos que estaban allí meramente por su interés por los hongos. Cabe mencionar que conocí varías personas bastante singulares: una niña de aproximadamente cinco años, quien aspira a ser hidróloga cuando sea grande; un diseñador gráfico en busca de aventura e inspiración y una socióloga que deseaba aprender sobre el balance en la naturaleza. 


Tras esperar un rato, pasó a recogernos un bus y comenzó nuestra travesía. A medida que avanzábamos, comencé a notar el cambio en la elevación, vegetación y la temperatura. Pasamos por carreteras estrechas, con acantilados, por varios poblados de agricultores y por densas nubes de neblina, hasta llegar a la entrada de una reserva forestal, escondida 70Km en lo profundo de la península de Azuero. Fue un viaje de dos horas.

Habiendo llegado al sitio, bajamos las maletas y comenzamos a montar el campamento. Era la primera vez que acampaba rodeado de extraños, sin embargo, estos extraños eran muy experimentados y sumamente amables. Me ayudaron a escoger el sitio donde pondría mi tienda, un espacio nivelado, no demasiado bajo para evitar inundaciones en caso de lluvia. 

En ese lugar hay una edificación que sirve como centro de operaciones para los únicos dos guardaparques. Existe una recámara para quienes deseen dormir allí, un salón, baños, una cocina y una pequeña biblioteca en la que se guardan copias de investigaciones hechas en el sitio. En la cocina, algunos de los organizadores comenzaron a preparar la cena, al mismo tiempo que el resto nos dirigíamos a un sendero en busca de hongos. 

El sendero estaba limpio y delimitado, con múltiples puentes colgantes y escaleras excavadas en la tierra. Descubrimos muchos hongos, nos deteníamos cada tres pasos para hablar de uno nuevo entre las hojas, incluso nos mencionaron que unas cuantas especies eran comestibles. Al final del sendero encontramos una cascada, con un pozo de agua cristalina. Algunos nadamos en él; el agua estaba muy fría, pero se sentía agradable. 

Cuando volvimos, estaban esperándonos con una sopa de hongos caliente, así como arroz, pollo con hongos y un ceviche de hongos que me pareció una verdadera exquisitez. De hecho, toda la comida estuvo excelente para reponernos y fue un buen preámbulo para la charla que nos dieron luego. Aprendimos muchísimo, desde la biología fúngica y las clases de hongos que hay en nuestros bosques hasta como hacer Kombucha. 

Después de la charla, hablé un rato con los expositores sobre la fauna local y las migraciones que están ocurriendo a través de nuestro territorio; culminamos platicando sobre el hongo que amenaza la población mundial de anfibios y cómo este extinguió a nuestra preciada rana dorada.

La noche se hizo notar con un gran descenso en la temperatura. Al salir del salón solo se veía aquello a que apuntáramos con las linternas, había luciérnagas y se podía vislumbrar casi cada estrella que atravesaba el cielo. Era el momento de las siguientes actividades. Nos dispusimos en dos grupos: uno fue al sendero totalmente a obscuras, con el objetivo de buscar hongos bioluminiscentes; los demás nos dirigimos a un arroyo para hisopar ranas, precisamente para determinar si es que el hongo Quítrido, Batrachochytrium dendrobatidis, había alcanzado esos lares. 

Yo no sabía en qué consistía el hisopado de ranas, ni tenía idea de cómo haríamos para atraparlas. Comenzó la búsqueda, los más experimentados entraban al arroyo y se guiaban por el croar de las ranas para ubicarlas, utilizaban guantes y linternas con muy poca cantidad e intensidad de luz. Al ubicar a la rana, simplemente la atrapaban con las manos. Luego usaron un hisopo especial para tomar la muestra y almacenarla, frotando la piel del anfibio. Tomaron unas tres muestras que cultivarían posteriormente en el laboratorio de la universidad. Volvimos y nos encontramos con el grupo de senderismo nocturno que, desafortunadamente, no había encontrado ningún hongo bioluminiscente.

Ya todos reunidos, volvimos al campamento. Algunos fueron directamente a descansar a sus tiendas o hamacas; otros recolectamos leña y encendimos una fogata. Durante horas escuché las historias, proyectos y relatos de terror que el resto tenía para contar, hasta que aproximadamente a la 1:00 a.m. nos despedimos. La tienda estaba fría, mas el saco de dormir era cómodo y me quedé dormido viendo las sombras que proyectaban las gotas de sereno al deslizarse por las paredes de mi carpa.  

Tal vez el lector habrá notado en este punto que las actividades fueron muy variadas en la excursión y es que, en realidad, cada uno de los biólogos(as) que nos acompañaron estaba especializado en una rama diferente, los había zoólogos, botánicas, profesoras, microbiólogos. De forma que un sin fin de intereses se entrelazaban a la hora de recorrer los senderos o de hacer las preguntas. Era maravilloso, desde mi perspectiva, pues cualquier interrogante que hiciera relacionada con la biología generaba no solo una sino múltiples respuestas que a veces provocaban debates amistosos.


Al llegar el alba desperté y me quedé observando el resplandeciente amanecer sobre el horizonte matutino. Horas más tarde, fuimos a desayunar antes de recorrer un último sendero; el cual era el más largo que habíamos hecho y conduce a una plataforma, un mirador con una choza que daba a una preciosa vista. Después de eso volvimos a Chitré y pasé el resto del día visitando a unos parientes y probando unas deliciosas empanadas.


 Así termina mi aventura en la reserva forestal El Montuoso, sitio que yo considero una joya oculta de Herrera. 

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