Hospital de Howard
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| Entrada al Hospital |
Cuando los norteamericanos poseían el canal de Panamá, El fuerte Kobbe era la principal defensa del canal en el litoral pacífico. Un vasto complejo de edificios, caseríos y un aeropuerto completamente funcional que, después de que se fueron, quedó en su mayoría abandonado o reinventado. Uno de estos edificios fue en su momento el hospital. Pasó a manos panameñas en el año 1999, pero dejó de funcionar prácticamente de inmediato y fue completamente abandonado antes de los diez años.
Mi equipo y yo avanzamos por el ruinoso camino. La entrada parecía un agujero en el denso matorral. El camino estaba muy descuidado, solo el pavimento había impedido que los matorrales crecieran. El espacio era poco, lo suficiente para el auto pasar. Al final, la calle desembocaba en una intersección. De frente dos grandes edificios, a la izquierda otra calle con algunas casas. La mayoría de las casas se veían en un estado absolutamente deplorable, no obstante, los edificios que conformaban el nosocomio se mantenían firmes frente al horizonte.
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| Los edificios estaban consumidos por la vegetación, pero conservaban su integridad |
Al acercarnos un par de ciclistas que rondaban el lugar se retiraron. Antes de entrar tomamos todas las precauciones posibles. La clínica estaba abandonada desde hacía más de 20 años, sin embargo, nos era desconocido su propósito original, pudo haber sido un centro de tratamiento de enfermedades infecciosas, lo que nos pondría en riesgo de inhalar alguna antigua cepa de tuberculosis, además de que la humedad del sitio propiciaba el crecimiento de hongos. Usamos mascarillas N95, caretas y ropa que nos cubriera por completo para adentrarnos en el ruinoso ambiente.
Entramos por la rama de ambulancias, lo primero que vimos fueron escaleras en sorprendentemente buen estado. Tampoco pasaron desapercibidos la gran cantidad de graffitis y basura que allí había. Supongo que, como nosotros, muchos otros han entrado buscando aventura, un lienzo para inmortalizar sus ideas o incluso un sitio para escapar a las autoridades. El primer piso era algo tétrico, un pasillo largo que al estar tan bajo le entraba muy poca luz. Parecía un túnel, a pesar de tener habitaciones a ambos lados. En el centro, una recepción que hoy en día no es más que un amplio salón vacío.
Hasta cierto punto era predecible lo que encontraríamos en este lugar. Aunque yo esperaba encontrar algún remanente de su antigua función, en realidad era prácticamente un cascarón vacío. No había casi ningún mobiliario, ningún papel, ninguna cama. Todo parecía aver sido saqueado, aunque no me sorprendería que haya sido así que lo dejaron los norteamericanos.
El segundo piso me pareció el más agradable de los tres, su altura hacía que entrara mucha más luz por las ventanas y como estaba por debajo de otro piso, no había demasiada humedad, ni hongos. Tenía algunas puertas cerradas, con las marcas de los zapatos de otros que, como yo, habían intentado derribarlas. Por las ventanas entraban las plantas trepadoras y también las copas de los árboles que han crecido al lado del edificio. También había allí algún colchón que nos llevó a pensar que alguien, probablemente fuera de juicio, había dormido allí en algún momento reciente.
El último piso era el peor de los tres, al estar directamente debajo de un techo que cada día colapsaba más, se había llenado de humedad. También tenía algunas ventanas enteras, así que el aire estaba viciado, denso, cargado de humedad y esporas. Había goteras, aunque no había llovido el día anterior y el suelo estaba completamente inundado, era contraintuitivo. Igual que en los anteriores, no hubo nada que descubrir allí.
Fue entonces que decidimos salir a explorar el otro edificio, el de una sola planta. Ingresamos por la entrada principal e inmediatamente nos dimos cuenta de que explorarlo sería mucho más aterrador. El ambiente era como el primer piso del otro edificio, oscuro, húmedo y caliente por la humedad. En este edificio no encontramos nada más que una antigua camilla, último remanente de sus días de gloria. Además, vimos la sala de pediatría, con las manos de los pequeños marcadas en las paredes, como pinturas rupestres modernas. En el suelo de esa sala encontramos el cadaver de un desafortunado animal, un ser cuyos restos no nos quedamos a analizar. Pero por la silueta de su cráneo en la oscuridad y por su tamaño intuimos que debió ser algún mamífero pequeño.
Y así dejamos este lugar, alejado de la mano de Dios y olvidado por la mente de los hombres, allí donde estaba. Pudriéndose eternamente mientras una cuidad entera renace a su alrededor.



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