El fantasma del bosque

El bosque tropical húmedo panameño es denso, brumoso y oscuro. El dosel del bosque obstruye la mayor parte de la preciosa luz solar. A nivel del suelo coexisten el silencio y la oscuridad, no obstante, siempre que se camina por allí uno prácticamente puede sentir la vida que le rodea. Cada metro cúbico de selva, desde el suelo hasta la copa, está repleto de vida. Incluso el suelo es como un solo organismo en perfecto equilibrio entre crecimiento y descomposición. 

Uno pensaría que nada, además de un insecto o anfibio, habitaría en un sitio tan húmedo y cálido como el suelo del bosque. Sin embargo, se estaría completamente equivocado. Hay una inmensa biodiversidad de animales pequeños, medianos y grandes que merodean los estratos más bajos del bosque. Derecho, la variedad de especies es tan amplia que aún hoy se descubren nuevas. No solo eso, sino que las poblaciones de estos seres continúan cambiando y migrando. Extendiéndose al margen de la humanidad.

Por mi parte, puedo decir que desde chico tuve una gran fascinación hacia los mamíferos nativos de nuestros bosques: ñeques, oncillas, tapires, jaguares y venados. Aunque nunca he tenido la experiencia de verlos en su hábitat enteramente natural. 

Sucede que un día, conduciendo a altas horas de la noche, mi novia y yo tuvimos el que hasta entonces fue el encuentro más emocionante de mi vida: un oso hormiguero (Tamandua tetradactyla) cruzó la calle justo frente a nosotros. Desde entonces quedé obsesionado con la idea de volver a ver uno. Ya sabía que en los bosques de la cuenca hidrográfica del canal habitaban estas criaturas, solo era cuestión de lanzarme a lo desconocido, explorar el bosque y buscarlo. 

La suerte estuvo de mi lado en un principio. Meses atrás, en una visita al Biomuseo, me enteré de la existencia de los múltiples senderos que recorren el bosque, como el camino de cruces o el camino del oleoducto. El Camino del Oleoducto fue para mí el más llamativo, ya que es el que se ubica más al norte y en las imágenes satelitales se notaba menor intervención humana en esa región. Estaba convencido de que, si había un camino accesible para mí donde me sería posible encontrar un tamandúa, era ese. 

Tras semanas de reflexión, pensando en lo maravilloso que sería encontrar uno de estos majestuosos animales en la naturaleza, decidí que era el momento de dejar de soñar y tomar cartas en el asunto. Recluté a un amigo y nos dirigimos a Gamboa. Horas después, nos hallamos caminando en lo profundo del bosque. 

Al principio del sendero avistamos más de tres mariposas azules. Algunas en el suelo, otras salieron volando cuando pasamos. Sus bellas alas reflejaban la luz que entraba al camino. 
Luego, llegamos a la entrada de un observatorio, dos kilómetros en lo profundo del camino. Este sitio, que pretendo visitar en el futuro, es famoso por los colibríes que lo frecuentan y por la presencia de una plataforma que te eleva al dosel del bosque, desde la cual se puede observar el paisaje. A veces también llegan monos. Estas instalaciones también poseen una característica que me es particularmente interesante: desde algunos de los senderos internos se vislumbra la ribera del lago Gatún. Tengo la esperanza de avistar cocodrilos, o mejor aún, capibaras. 
Como esto no era lo que buscábamos aquel día, continuamos por el sendero. Caminamos por un par de horas antes de ver el próximo animal exótico: un par de tucanes que se alimentaban de pixbae. 
El sendero era inclemente, inundado incluso en temporada seca. Marcas de un vehículo rayaban el camino, un 4x4 de rescate que pasaba de ida y vuelta cada cierto tiempo. Nos cansamos de caminar a las cuatro horas. Hacía tiempo que pasamos el límite entre el tramo del camino que el Ministerio de Ambiente limpia y la que no. Al haber pasado tanto allí es fácil perder la orientación y la noción del tiempo. Entró agua en una de mis botas, mi amigo tenía ambas zapatillas empapadas. Aunque el fuerte sol del mediodía no nos alcanzaba, su calor radiante era atrapado por el húmedo aire forestal a la perfección. Sentía que nos ahogábamos de pie. A pesar de que el sol estaba en su cénit, unos truenos a la distancia amenazaban con culminar nuestra expedición. Aunque estaba dispuesto a mojarme con tal de alcanzar a mi esquivo objetivo, si llovía y se mojaba el suelo donde habíamos dejado el vehículo, no habría forma de que lo sacáramos sin una grúa. Derrotados, comenzamos nuestro apurado camino de regreso. 
Pero el bosque tenía otros planes para nosotros. Tan solo habíamos caminado mil metros cuando, frente a nosotros, un hermoso tamandúa, por azares del destino, cruzó el camino. Su pelaje, la forma en que caminaba, como se esfumó entre la vegetación, como pez en el agua, después de haber cruzado el camino... era una criatura asombrosa en todo aspecto. 

Aunque las fotos que tomé no fueron las mejores, no hubo un momento de mi vida en el que el corazón se me haya detenido de semejante manera. El tamandúa caminó con absoluta elegancia por la calle. Barrí con mi cámara toda la escena, pero cuando me acerqué para tomar una mejor foto, el procesador de mi cámara estaba demasiado ocupado para tomarla. De forma que me quedaré con lo que vi a través del visor por el resto de mis días: su ojo observándome mientras desaparecía entre la maleza. Deseo poder plasmar semejante encuadre por algún otro medio artístico. Acabado el encuentro, continuamos hasta el coche, una abeja se había colado en mi ropa, amablemente la invité a salir del auto. 
Me fui de ahí con una sonrisa en los labios, agradecido con el de arriba por haber hecho coincidir semejantes eventos por tan solo un capricho.  





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